miércoles, 16 de julio de 2014

Historia del racismo en el Perú.


BREVE HISTORIA DEL RACISMO EN EL PERÚ

Eddy Romero Meza

El racismo es un fenómeno desarrollado especialmente a partir de los siglos XV-XVI, época relacionada al inicio del colonialismo. La construcción del otro como diferente, se establece especialmente en este momento histórico. Las contraposiciones: “salvaje” y “civilizado” se fijan  a partir de las diferencias entre las prácticas religiosas y los usos o costumbres de los pueblos. La existencia de distintos niveles de desarrollo cultural, origina contrastes marcados y la justificación de la primacía de unas culturas sobre otras. Sin embargo, como lo demostró Alemania en la segunda guerra mundial las sociedades más “civilizadas”, pueden ser también las más sanguinarias. La hegemonía de la cultura occidental o el paradigma eurocéntrico, serán la base del racismo y la discriminación como prácticas globales normalizadas.

Si bien la esclavitud existió desde los primeros tiempos, fue el comercio negrero el que extiende la idea de la inhumanidad de algunos seres (1). El descubrimiento de América y encuentro entre dos mundos totalmente distintos, generara la afirmación de lo europeo como distinto a lo “otro”. Las luchas contra los pueblos árabes ya habían generado esa idea de otredad civilizatoria, pero es en el siglo XV que surge la Europa moderna y el lastre del racismo. Los horrores de la invasión o conquista de América serán justificados en nombre de la fe verdadera (el cristianismo) y el estado de barbarie de los pueblos nativos (2). Los debates de Valladolid entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé De Las Casas, evidenciaran las contradicciones entre los cristianos sobre la condición de los indígenas en el contexto régimen hispano-católico. En este debate, la condición inhumana del indio se contrapone a la condición de hijo de dios. El reconocimiento de la existencia de alma en el indio lo dotara de la calidad de “súbdito” ante la corona española. Sin embargo, las prácticas de abuso y exclusión serán lo cotidiano o normal en la sociedad colonial (3). Las tempranas uniones entre españoles e indígenas pronto se extenderán, pero sin mermar la ideología discriminatoria. Los hijos de estas uniones, los mestizos no serán aceptados por el mundo peninsular-criollo, aunque tampoco serán considerados indígenas, lo que los librara de mayor discriminación. La idea de pureza de sangre traída desde la península ibérica, dominara el imaginario colonial y hasta postcolonial. Las expresiones: mestizo, mulato, negro, indio, criollo y casta hallan su origen en este periodo, lo cual es muy significativo.

Los esclavos por su parte, son rebajados a la condición de objetos y de ahí lo frecuente de la expresión: “piezas de ébano”. La cosificación del negro, no se expresara solo en su tratamiento como herramienta laboral, sino también en su erotización. Su calidad de bestia, lo ubicara en la esfera de los instintos, entre ellos (especialmente) el sexual.  La oposición entre lo intelectual y lo sexual, lo aleja de la imagen de hombres dotados de ideas y lo fija como ser esencialmente instintivo. El negro, zambo y mulato estará estigmatizado por el color de su piel, al igual que el indígena, aunque esencialmente serán discriminados por su cultura y religión.

La “idolatría” y “superstición” del indio y el negro fue la base de la discriminación española durante la etapa colonial. La extirpación de idolatrías (S. XVI-XVII), los proyectos de castellanización a los indios (S. XVIII), son algunos ejemplos de la censura o rechazo hacia la cultura de los pueblos dominados. Por otro lado, durante esta época se difundieron en Europa las tesis de Cornelius De Pauw (inspirado en el naturalista francés Buffon), sobre la inferioridad y degeneración de los habitantes del nuevo mundo. Este filósofo holandés de la corte de Federico II de Prusia, centro sus críticas en los nativos americanos, pero también llegara a describir a las colonias de Norteamérica como “degeneradas y monstruosas” afirmando incluso que “el más débil europeo podría aplastarlos con facilidad” (1768). Esto generaría la respuesta de pensadores como Alexander Hamilton, Benjamín Franklin y Thomas Jefferson quienes rechazaron enérgicamente la “teoría degeneracionista”.

Hacia el siglo XIX se impone la ideología republicano liberal en la América libre, pero también se difunde el denominado racismo científico o racialismo (representado por Gobineau, Taine, Le Bon, etc.); según la cual la especie humana está conformada por distintas razas: negroides, caucasoides, mongolides, etc. Para esta corriente, la naturaleza biológica del hombre determina su desarrollo; en otras palabras, lo innato se impone a lo cultural. Estas ideas serán abrazadas por distintos intelectuales peruanos hasta el siglo XX: Clemente Palma, Alejandro Deustua, Javier Prado, etc. Es en esta época en que surge realmente, el racismo tal como lo conocemos en el mundo. (4)

Por otro lado, la construcción del estado-nación pasara por homogeneizar la población. El discurso del mestizaje se difundirá, pero encubrirá las profundas divisiones en el país. Los proyectos modernizadores no incluirán al indígena, sino al obrero. El futuro del país no está en esa “raza degenerada”, sino en el trabajador de la ciudad vinculado a la producción industrial y el comercio. Bajo esa mentalidad, el “nuevo hombre”, no es el habitante de la sierra (tradicional, atrasada), o el criollo ligado siempre al ocio, sino el obrero mestizo que ha sido educado y habita la ciudad. (5)

sábado, 5 de julio de 2014

La Primera Guerra Mundial por Julián Casanova.

La guerra que cambió el destino de Europa

Casi todos los países que participaron calcularon que el conflicto que estalló en agosto de 1914 iba a ser breve. Duró más de cuatro años y dejó ocho millones de muertos, de los que un tercio fueron civiles.


Julián Casanova (Historiador)

"La primavera y el verano de 1914 estuvieron marcados en Europa por una tranquilidad excepcional", recordaba años después Winston Churchill, alimentando esa idea nostálgica de la estabilidad europea en tiempos de la Alemania imperial de Guillermo II o la Inglaterra de Eduardo VII, de contraste entre los “good times” y el período de grandes convulsiones políticas y sociales inaugurado por el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914.
Cuando comenzó esa guerra, Europa estaba dominada por vastos imperios, gobernados —excepto Francia, donde había surgido una república de la derrota en la guerra con Prusia en 1870— por monarquías hereditarias. La nobleza ejercía todavía un notable poder económico y político. En Gran Bretaña, Francia o Alemania, por citar a las naciones más poderosas, una oligarquía de ricos y poderosos, de buenas familias, de nobles y burgueses conectados a través de matrimonios y consejos de administración de empresas y bancos, mantenía su poder social a través del acceso a la educación y a las instituciones culturales.
Muchos ciudadanos europeos tenían restringida la libertad para hablar su idioma o practicar su religión y sufrían notables discriminaciones por el género, la raza o la clase a la que pertenecían. Las mujeres no votaban, con excepciones como la de Finlandia que les había concedido el voto en 1906, y en raras ocasiones se les permitía poseer propiedades o llevar sus propios negocios. Antes de 1914, la democracia y la presencia de una cultura popular cívica, de respeto por la ley y de defensa de los derechos civiles, eran bienes escasos, presentes en algunos países como Francia y Gran Bretaña y ausentes en la mayor parte del resto de Europa.

En 1919, sólo quedaban los imperios británico y francés. Todos los demás habían desaparecido
Fue ese orden el que comenzó a desmoronarse cuando Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914, un mes después del asesinato en Sarajevo del heredero al trono austriaco, el archiduque Francisco Fernando. A partir de ahí, las tensiones y rivalidades entre los diferentes Estados la convirtieron en una guerra general, primero europea y, tras la entrada de Estados Unidos el 6 de octubre de 1917, mundial. Y aunque los gobiernos de los principales poderes, desde Rusia a Gran Bretaña, pasando por Alemania y Austria-Hungría, contribuyeron a poner en riesgo la paz con sus movilizaciones militares, ninguno de ellos había hecho planes militares o económicos para un prolongado combate.
Esperaban que la guerra fuera corta porque sabían que si entraban en guerra todos la vez, algo que posibilitaba el sistema de alianzas pactado unos años antes, el dinero y las energías gastadas podrían conducir a la bancarrota de la industria y del crédito en Europa. Al declarar la guerra en agosto de 1914, argumenta la historiadora Ruth Henig, “los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático”. Guillermo, el príncipe heredero de la corona alemana, ansiaba que la guerra fuera “radiante y gozosa”. El ministro ruso de la Guerra, el general V.A. Sukhomlinov, se preparaba para una batalla de dos a seis meses y las expectativas británicas eran que sus fuerzas expedicionarias estuvieran en casa para Navidad.
La guerra, sin embargo, duró cuatro años y tres meses y el entusiasmo que exhibieron a favor de ella la mayor parte de las poblaciones de los países beligerantes, incluidas las clases trabajadoras, se evaporó relativamente pronto, especialmente en Europa central y del este. La escasez de comida y de materias primas y los numerosos conflictos que se derivaron de las duras condiciones en que se desarrolló la guerra formaron el telón de fondo de las revoluciones de 1917 en Rusia que sucesivamente derribaron al régimen zarista y llevaron a los bolcheviques al poder, el cambio revolucionario más súbito y amenazante que conoció la historia del siglo XX. En 1919, solo quedaban los imperios británico y francés. Todos los demás habían desaparecido y con ellos, un amplio ejército de oficiales, soldados, burócratas y terratenientes que los habían sostenido.
En el siglo que transcurrió entre el Congreso de Viena en 1815, que puso fin a la era de Napoleón, y el estallido de la Primera Guerra Mundial, Europa fue el escenario de dos grandes guerras que destacaron sobre otros conflictos más localizados: la guerra de Crimea, de 1854-56, dejó unos 400.000 muertos; la que enfrentó a Francia y a Prusia, en 1870-71, causó 184.000 víctimas. Más de ocho millones de personas murieron en la Gran Guerra de 1914-1918, una cifra a la que habría que añadir las víctimas de la pandemia de gripe de 1918-19, que golpeó con severidad a una población debilitada por los efectos de la contienda.

Al menos 800.000 armenios fueron asesinados por las fuerzas armadas otomanas
Antes de 1914, los civiles muertos en las guerras eran pocos comparados con quienes las combatían. En la Primera Guerra Mundial, las víctimas civiles mortales ya representaron un tercio del total; en la Segunda, superaron los dos tercios. El “embrutecimiento” causado por la primera de esas guerras, con terribles consecuencias, dio paso a que las poblaciones civiles se convirtieran en objeto de acoso y destrucción.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el destino de Europa comenzó a decidirse por la fuerza de las armas. Fue un conflicto de una escala sin precedentes, con dos frentes principales, uno occidental y otro oriental, con la aparición, por primera vez en la historia, de los bombardeos aéreos, después de que las batallas por tierra y por mar hubieran sido durante mucho tiempo las principales manifestaciones de la guerra. Ya a comienzos de 1915 hubo ataques con bombas desde el aire, ejecutados por británicos y alemanes. Y las atrocidades cometidas sobre la población civil demuestran que esa guerra inauguró una nueva época en la violencia entre Estados, que alcanzó su cénit en la Segunda Guerra Mundial.
Según la investigación de John Horme y Alan Kramer, 6.427 civiles belgas y franceses fueron asesinados por las tropas alemanas invasoras en agosto de 1914, apenas comenzada la guerra, y la persecución y muerte de civiles fue también habitual en el frente este, protagonizada por soldados alemanes, austriacos y rusos. Cientos de miles de lituanos, letones, polacos y judíos fueron deportados al interior de Rusia. Aunque el ejemplo más claro de ese “embrutecimiento” alimentado por la Gran Guerra, un claro precedente del genocidio nazi, fue el asesinato a sangre fría de al menos 800.000 armenios, entre 1915 y 1916, por las fuerzas armadas otomanas, una acción deliberadamente planeada y llevada a cabo por las elites del Estado otomano.
La Primera Guerra Mundial, que decidió el destino de Europa por la fuerza, tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia, ha sido considerada por muchos autores la auténtica línea divisoria de la historia europea del siglo XX, la ruptura traumática con las políticas entonces dominantes. Marcó el comienzo de la escalada de la violencia en esa era que se extendió hasta 1945, porque borró la línea entre el enemigo interno y externo, la frontera entre población civil y militar, fue el escenario de los primeros ejemplos de exterminio masivo de la historia y de ella salieron el comunismo y el fascismo, los movimientos paramilitares y la militarización de la política.
La mayoría de los dirigentes de los grandes poderes en el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial pertenecían a ese mundo exclusivo y elitista, estrechamente vinculado a la cultura aristocrática del Antiguo Régimen, con escasos conocimientos sobre la sociedad industrial y los cambios sociales que estaba provocando. Tras ella, ya nada fue igual. A los intelectuales y artistas les resultó casi imposible quedarse al margen de los grandes debates públicos. El comunismo y el fascismo se convirtieron en alternativas a la democracia liberal, vehículos para la política de masas, viveros de nuevos líderes que, subiendo de la nada, arrancando desde fuera del establishment y del viejo orden monárquico e imperial, propusieron rupturas radicales con el pasado. Como declaró Sir Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, las luces se estaban apagando en Europa.

Julián Casanova es autor de Europa contra Europa, 1914-1945 (Editorial Crítica).
Fuente: Diario El País. 02 de enero del 2014.

Causas y consecuencias de la Primera Guerra Mundial.

El centenario de la Gran Guerra

Nelson Manrique (Historiador)
El 26 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austro-húngaro, y su esposa Sofía se encontraban realizando una visita oficial en Sarajevo, la capital de Bosnia Herzegovina, que había sido anexada al imperio austrohúngaro apenas seis años atrás provocando un fuerte descontento de la mayoría de los serbios, que querían anexarse a la vecina Serbia. Una facción nacionalista extremista, la Mano Negra, organizó un atentado. 
Un ataque con una bomba al coche en que recorrían la ciudad Francisco Fernando y Sofía fracasó. Pero en un segundo intento, pocas horas después, el nacionalista serbio Gavrilo Princip logró asesinarlos a balazos. Ese fue el detonante de la Primera Guerra Mundial.
Alemania deseaba fervientemente la guerra e incitó a Austria-Hungría a declarar la guerra a Serbia, desentendiéndose de la amenaza de la Rusia imperial de salir en defensa de Serbia si esta era atacada. Los austro-húngaros declararon la guerra, Rusia entró en el conflicto y esto puso en marcha un diabólico mecanismo de alianzas que involucraron durante los días siguientes a Francia, Italia, Gran Bretaña y en apenas un mes a casi toda Europa. Luego se involucró Japón y finalmente entró los Estados Unidos. Las potencias coloniales metieron a sus colonias en el conflicto y la guerra se hizo planetaria.
Un siglo después sigue siendo materia de controversia explicar cómo un atentado terrorista desencadenó una de las mayores carnicerías de la historia de la humanidad. La clave está en la expansión imperialista. Las grandes potencias europeas tradicionales, como Francia e Inglaterra, tenían posesiones coloniales por todo el mundo. Pero la expansión económica provocada por la segunda revolución industrial de fines del siglo XIX (la de la energía eléctrica y los combustibles fósiles) hizo nacer nuevas potencias, como Alemania, Italia y Japón, muy dinámicas, sobre una base tecnológica más nueva y productiva. Estas demandaban tener sus propias colonias, pero el mundo ya estaba repartido. Presionaron por un nuevo reparto y la guerra fue la consecuencia inevitable.
Las bajas de la “Gran Guerra” se estiman en cifras que van desde 8 hasta 65 millones, según se considere o no las muertes provocadas por la “gripe española”, la epidemia de influenza que regó la movilización bélica planetaria. 
Con la producción industrial masiva nacieron la producción masiva de armamento y los ejércitos de masas. Ya no bastaba acabar con los ejércitos: era necesario destruir el poderío industrial del enemigo y eso borró la distinción entre blancos civiles y militares. Con la artillería de largo alcance y la aviación se generalizaron los bombardeos contra las ciudades. La matanza se hizo masiva. Nació la “guerra total”, teorizada por el estratega prusiano Erich von Ludendorff.
La guerra provocó el hundimiento de cuatro imperios: el alemán, el austrohúngaro, el turco y el zarista, redefinió profundamente el mapa geopolítico europeo, haciendo nacer varias nuevas naciones, y el del mundo colonial, con el traspaso de las colonias de los derrotados a los vencedores, especialmente Inglaterra y Francia. 
¿Alguien intuyó lo que se venía? En 1887, luego de la guerra franco-prusiana, Federico Engels escribió: “Para Prusia-Alemania, en la actualidad no es posible ya ninguna otra guerra que la guerra mundial. Y esta será una guerra mundial de escala y ferocidad sin precedente. De ocho a diez millones de soldados se aniquilarán mutuamente y, al hacerlo, devastarán toda Europa, hasta tal punto como nunca lo han hecho las nubes de langosta. La devastación causada por la Guerra de los Treinta Años, comprimida en un plazo de tres o cuatro años y extendida a todo el continente; el hambre, las epidemias, el embrutecimiento general, tanto de las tropas como de las masas populares, provocado por la extrema miseria, el desorden irremediable de nuestro mecanismo artificial en el comercio, en la industria y en el crédito; todo esto terminará con la bancarrota general; el derrumbamiento de los viejos Estados y de su sabiduría estatal rutinaria, derrumbamiento tan grande que las coronas se verán tiradas por decenas en las calles y no habrá nadie que quiera recogerlas; es absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto y quién será el vencedor en esta contienda; pero un solo resultado es absolutamente indudable: el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria definitiva de la clase obrera”. La guerra abrió el camino, también, a la revolución rusa.
Fuente: Diario La República. 01 de julio del 2014.

domingo, 29 de junio de 2014

Mirada crítica a la historia peruana.


LA HISTORIA PERUANA EN PERSPECTIVA

Eddy Romero Meza

El estudio de la historia ha implicado establecer grandes periodos y designar etapas específicas. Estas clasificaciones se mueven entre cuestionamientos permanentes o aceptaciones acríticas. Tal es el caso de la historia peruana, la cual ha sido dividida desde varios criterios, algunas veces más políticos o ideológicos, que históricos.

Para dividir la historia se debe ir más allá de las nociones de tiempo cronológico; es necesario establecer cuidadosas observaciones sobre los momentos de cambios yrupturas así como de continuidad histórica; a esto se le denomina “tiempo histórico”  (tiempo interpretativo). Recordemos por ejemplo al maestro Eric Hobsbawm, quien señalaba al siglo XX como un siglo corto (desde 1914 con la Primera Guerra Mundial hasta 1991 con la desintegración de la URSS); esto en contraposición con el siglo XIX, un siglo largo (de 1789 con la Revolución Francesa hasta 1914 con la Gran Guerra). Ciertamente ello obedeció al descubrimiento de unidades históricas por parte del historiador inglés y no a ideas antojadizas. (1)

La construcción de una historia nacional por los grupos criollos, los discursos indigenistas y la influencia de modelos como el marxismo son notorios en la narrativa histórica peruana; cuya periodificación y denominaciones son necesarias revisar por su fuerte vigencia en la escuela, universidades e imaginario social en general.

El Perú antiguo

Marcado por la presencia de grandes sociedades agrarias tanto en la costa como en los andes. Denominadas culturas andinas de manera general o civilización de los andes por autores extranjeros (2). La historiografía tradicional las denomina “culturas pre-incas”, evidentemente por la preeminencia que se le otorga a los incas. Ello en desmedro de la importancia que alcanzaron reinos como los Moche o Wari. Algunos enfatizan que la etapa imperial de los incas “el Tahuantinsuyo” duró menos de un siglo, lo cual contrastaría con los casi 3,000 años de desarrollo de las culturas regionales. Observación atendible, aunque la valoración histórica de una sociedad no depende solo de la duración cronológica.

Los grupos indigenistas vieron en este pasado la etapa más importante de nuestra historia. El rescate del valor de la cultura andina comenzó tempranamente con Garcilaso y sus Comentarios Reales (S. XVI), y en el tiempo se expresara en autores extranjeros como el inglés Prescott o el español Sebastián Lorente, quienes destacaran a los incas como temprana fuente civilizatoria del Perú. La agenda indigenista de fines del XIX e inicios del XX buscó visibilizar la fuerte tradición histórica que heredamos de esta época (las llamadas culturas milenarias). Para ello se apoyaran en variadas fuentes, valiéndose entre ellas de la arqueología, donde investigadores como Max Uhle y Julio C. Tello demostraron el notable valor cultural de las tradicionalmente llamadas “culturas precolombinas”. (3)

Los marxistas por su lado vieron en el estado incaico una “experiencia socialista” en los andes. Destacando el comunitarismo del ayllu y las supuestas condiciones de igualdad social y bienestar general del Tahuantinsuyo. Historiadores críticos como Pablo Macera, denominaron a la etapa pre-hispánica, como la de “autonomía” (culturas peruanas libres), frente a la etapa de “dependencia” colonial y de “semidependencia” republicana. Un discurso que tomó gran fuerza en los 70s y 80s, derivado de la famosa “teoría de la dependencia” latinoamericana.

Este periodo es el que más “orgullo nacional” genera; su narrativa histórica está marcada por la exaltación de la grandeza cultural del Perú antiguo, y hoy forma parte de la construcción de la llamada “Marca Perú” (una suerte de nacionalismo turístico).

Aún desconocemos mucho de este periodo, pero lo descubierto genera alta valoración entre estudiosos extranjeros y nacionales. Gran parte de la cultura popular y no popular del país no se explica sin este legado; pero lastimosamente a veces los peruanos se pierden entre postales de Machu Picchu y nostalgias sobre pueblos originarios que casi desconocen. Por último, los primordialistas hallaran en esta etapa la base y esencia de la nación peruana.

¿Invasión o conquista?

Una discusión que alcanzo su mayor tono en 1992, fecha en la cual se cumplían los 500 años del “Descubrimiento de América”. Mientras debatían los defensores de “El encuentro de dos mundos” y los que denunciaban el “genocidio” perpetrado por los europeos; en el Perú se apostaba por la continuidad de la leyenda negra española y el posterior retiro de la estatua de Pizarro de la plaza mayor de Lima.

Historiadores como Juan José Vega consideraban que el término “invasión” describía mejor la brutalidad de la ocupación española en el Tahuantinsuyo. Mientras historiadores como José Antonio del Busto, señalaban que la palabra “conquista” implicaba resistencia de los atacados y esfuerzo de los atacantes (a diferencia del término  invasión que podía llevar al equívoco de que no hubo resistencia).

Sobre este asunto, el psicoanalista Max Hernández señala acertadamente que: Es difícil poner entre paréntesis el peso ideológico que gravita en los términos descubrimiento, encuentro de dos mundos, choque cultural, invasión, conquista, usurpación; basta con tener en cuenta que distan mucho de ser sinónimos. Cada uno de ellos cifra una lectura de la historia y juntos son como la gran punta del iceberg de un gran debate historiográfico en el que se juegan asuntos de gran calado que afectan el marco teórico de comprensión del acontecimiento. La opción entre los adjetivos “descubierta”, “inventada” o “hallada” no es inocente.

Leer artículo completo en: Hispanic American Historical Review (Duke University)

lunes, 23 de junio de 2014

Una mirada histórica al gobierno de Juan Velasco Alvarado.


VELASCO Y LA REVOLUCIÓN AMBIGUA

Eddy Romero Meza

El último jueves, revisando la prensa veía la curiosa coincidencia de dos columnistas, quienes aludían al general Velasco Alvarado en sus respectivos artículos. Los autores, ubicados en las antípodas políticas, daban testimonio de sus muy distintas percepciones del régimen velasquista.

En el diario La República, el sociólogo Sinesio López, señalaba:

El modelo neoliberal ha producido más ciudadanía que otros modelos. No es cierto. La reforma agraria de Velasco, al acabar con el gamonalismo y la servidumbre en el campo, produjo más ciudadanos que el neoliberalismo.(1)

Mientras en el diario Perú 21, el periodista Aldo Mariátegui, escribía:

En realidad, el probable culpable de que no hayamos ido a Alemania 74 fue Velasco, quien impidió con un veto que el muy buen arquero Ballesteros, ya nacionalizado peruano, tape por Perú. ¡Hasta en eso nos dañó Velasco!(2)

Ciertamente, el primero alude a un tema crucial, mientras el segundo a uno de tipo anecdótico. Lo interesante es ver cómo el gobierno revolucionario de Juan Velasco Alvarado (1968-1975), aún se encuentra muy presente en el imaginario histórico peruano. Las referencias y alusiones a él son constantes tanto en el medio social como político, y esto a pesar de haber transcurrido casi 40 años de su régimen.

Debemos reconocer sin embargo que 40 años son nada en términos históricos (aunque mucho en tiempo cronológico). Por ejemplo, en España, la memoria de Franco, es permanente y todavía polarizante. Ello debido tanto a lo prolongado de su dictadura como a lo notorio de su herencia histórico-política. Por nuestra parte, el velascato fue apenas un periodo de 7 años, pero de intensos cambios para el país.

Actualmente, la izquierda política reconoce su dimensión transformadora (revolución social), mientras la derecha política enfatiza su carácter autoritario y el fracaso en materia económica. Lo incuestionable es el impacto que ha tenido y tiene Velasco sobre el imaginario social peruano, ya sea a favor o en contra. Lo único que no genera Velasco es indiferencia.

El gobierno revolucionario

Como se sabe, el gobierno revolucionario de las FF.AA, se inauguro en 1968, tras el golpe de estado contra Fernando Belaunde Terry; y si bien su propósito era conformar un régimen institucional de las FF.AA, no pudo contra 150 años de caudillismo militar. De esta manera se personalizo el gobierno revolucionario en la figura de Juan Velasco Alvarado, jefe del comando conjunto (3).

Varias son las denominaciones que ha recibido este régimen: nacionalista, dictatorial, antiimperialista, antioligárquico, populista o revolucionario. Lo cierto es que se trato de un extraño experimento de militares reformistas que ejecutaron medidas de corte socialista. El historiador Peter Klarén, señala al respecto: “En retrospectiva, el GRFA (Gobierno revolucionario de las FF.AA) percibía que la desunión y el subdesarrollo constituían los principales problemas del país, siendo sus causas la “dependencia externa” del capital extranjero y la “dominación interna” por parte de una oligarquía poderosa. Esta era una vieja critica nacionalista y anti-oligárquica abrazada por los sectores progresistas de la clase media ya en la década de 1930, al fundarse el APRA, y expresada cada vez más por los nuevos partidos reformistas (por ejemplo Acción Popular y el Partido Demócrata Cristiano) surgidos en la década de los 60, conjuntamente con sectores de la Iglesia y de las mismas fuerzas armadas. La solución, según el GRFA, era la erradicación de los “enclaves del imperialismo extranjero” y el paso a un modelo económico de crecimiento y desarrollo autónomo en lugar de uno liderado por las exportaciones” (4). Los militares de este periodo, se habían formado en el CAEN (Centro de Altos Estudios Nacionales), donde habían absorbido ideas de corte progresista y de carácter nacionalista. Velasco se acompañaría a su vez de intelectuales diversos, quienes asumirían funciones gubernamentales o de propaganda política: Carlos Delgado (ideólogo principal), Augusto Salazar Bondy, José Matos Mar, Alberto Escobar, Hugo Neira, Martha Hildebrandt, etc.

Este experimento de reformismo por militares de izquierda, fue un desafío para las ciencias sociales de la época. Su carácter sui generis, lo hacía inclasificable, y solo se apelo a emplear etiquetas que iban desde gobierno populista hasta corporativo. La revolución de los 70s, fue la única revolución del siglo XX en términos políticos e impacto social. Represento el quiebre del esquema tradicional u oligárquico. Es difícil aún hoy caracterizar este periodo, las distintas denominaciones que ha recibido nos dan una idea: revolución desde arriba, revolución burocrática, revolución por decreto, revolución ambigua, etc. Fallan sin embargo, aquellos que la etiquetaron de fascista en su momento.

Leer artículo completo en: Hispanic American Historical Review  (Duke University)

sábado, 21 de junio de 2014

Jorge Basadre y la historia peruana.

La Vigencia de Basadre

A 20 años de la muerte del gran tacneño, dos historiadores precisan lecciones de su obra y su vida para una nación que él amó con pasión y serenidad.

Manuel Burga, catedrático de ciencias sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y Margarita Giesecke, profesora de historia de la Pontificia Universidad Católica, definen claves del admirable personaje que en 1931, a los 28 años de edad escribió ese clásico que es Perú: problema y posibilidad, y nos legó, entre otras obras magistrales, la insuperada Historia de la República del Perú. Investigador acucioso desde los 16 años de edad, llegado a Lima desde su Tacna natal ocupada por Chile, fue siempre un demócrata y un partidario de la justicia social. "Hay", escribió en Infancia en Tacna, "derechos imprescriptibles, una dignidad mínima para subsistir, seguir adelante y tomar impulso y que constituyen la misión, el destino, la promesa de nuestra existencia común."

SUS CUATRO CLAVES DE LA HISTORIA PERUANA

Manuel Burga 

Es increíble la capacidad creativa o destructiva que tienen los escenarios históricos cuando se mira hacia el pasado o se piensa en el futuro impregnados de esta actualidad. Por eso no es nada raro percibir, o quizá simplemente intuir, que hoy el tiempo histórico parece más favorable a don Jorge Basadre, el historiador de la República, que a José Carlos Mariátegui, el fundador del socialismo peruano, por ejemplo. 

Los libros de Basadre parecen aún vitales, indispensables, con una fuerza sana para explicar y entender nuestro destino histórico. 


Presentar o discutir la obra de Basadre demanda un espacio mayor, no un artículo que pretende solamente recordarlo a 20 años de su muerte. Por eso me limitaré a presentarlo a través de algunas de sus claves para entender la historia peruana. Se me ocurre llamar así a esos rasgos fundamentales de nuestro proceso histórico, que Basadre decía que uno puede ignorar, conocer y aún manejar, pero no evitar. 

Por eso no es nada raro que su gran tema de estudio haya sido la República. Desde su primer libro, La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú (1929) hasta su Introducción a las bases documentales para la historia del Perú (1971), pasando por su monumental Historia de la República del Perú, su obra historiográfica trata de explicar y entender el Perú moderno. Su obra es inmensa, sorprendente, rica e inagotable. Sin embargo nunca estuvo libre de la incomprensión, la crítica y - a veces- del menosprecio de algunos historiadores, especialmente de mi generación, que priorizaban una historia denuncia, que negaban la inevitabilidad de lo hispano y lo criollo, que preferían la demolición de la historia, más que una historia centrípeta que buscaba la nación como centro y justificación.

Analizaré algunas de sus ideas que podemos considerarlas como claves de nuestra historia. 

Primera: El Perú no es inca, ni español, ni criollo, ni mestizo, es una realidad más compleja. Para mala suerte de Basadre, su carrera como intelectual, se inició en el Oncenio de Leguía, cuando frente al autoritarismo y el derrumbe de las instituciones democráticas, había surgido con fuerza inusitada el primer indigenismo moderno que invadió todos los rincones y emociones de la vida intelectual de entonces. Por eso discrepó de Julio C. Tello, así como de los hispanistas y consideró al criollismo como mundo crepuscular, para luego afirmar que el Perú era más que todo eso. 

Segunda: El Perú es un país de contrastes y de contradicciones. Un "país que en la guerra con Chile produjo un bizantino faccionalismo político y un arquetipo de hombre como Grau". Gran parte de nuestra historia, decía, la podemos entender como un debate entre las ideas de libertad y autoridad, ambas como opciones políticas contrapuestas y justificadas por la búsqueda del ansiado progreso material. Un debate entre la institucionalidad democrática, con todas sus implicancias, y los gobiernos autoritarios, que sacrifican la democracia.

Una tercera clave la expresó de la manera siguiente: La historia del Perú en el siglo XIX es una historia de oportunidades perdidas y de posibilidades no aprovechadas. Aquí tenemos que pensar fundamentalmente en su noción de Estado empírico, ineficiente, clientelista y caudillesco, para entender por qué la riqueza del guano no permitió la aplicación de políticas estatales más inteligentes y nacionales. Los problemas provienen de los avatares, las conquistas, los colonialismos que encontramos en nuestra historia, lo que no nos debe impedir -según él- mirar al futuro como posibilidad de una vida mejor. 

En cuarto lugar: desde muy joven, y probablemente, en respuesta a su experiencia íntima y personal, se preguntó "¿Por qué se fundó la República?" y aquí expuso una de las claves fundamentales de la historia moderna del Perú, la idea de promesa republicana, que aparece como una emoción de todos los hombres nuevos durante las campañas independentistas en América Latina: "Hubo en ellos también algo así como una angustia metafísica que se resolvió en la esperanza de que viviendo libres cumplirían su destino colectivo. Esa angustia, que a la vez fue una esperanza, podría ser llamada la promesa".


Estas son algunas de las claves de nuestra historia, que según Basadre, no hemos sabido manejar, para que la promesa se realice íntegramente, sin exclusiones, ni privilegios, sin mengua de la libertad, sin autoritarismos ciegos, tercos y antinacionales. A pesar de nuestros conflictos, o, como él solía decir, de una "invisible guerra civil", Basadre miró la historia peruana para entender la génesis, constitución y desarrollo de la "nación peruana". La historia no como lección ejemplar, sino como memoria colectiva, y comunión, que nos involucre en un proyecto común. Por esto, la República, nacida con la Independencia, será para él la gran arquitectura administrativa y política para ensanchar la nación peruana.

Creo, finalmente, que su idea central, la búsqueda de la nación peruana, nunca fue cabalmente entendida y por eso se le criticó, acusándolo de olvidos y de omisiones. Pero ahora sabemos, gracias a la propuesta de Benedict Anderson, Comunidades Imaginadas (1983), que las naciones son artefactos culturales, más que realidades materiales, que debemos entenderlas como  comunidades imaginadas, soberanas y limitadas. Basadre nunca pudo utilizar la noción de Anderson, pero sí percibió a la nación peruana desde esta perspectiva. Por eso nos habla de la multiplicidad peruana, de sus herencias diversas, de sus contradicciones, de esa sensación de futilidad de la democracia, del peligro de los autoritarismos, de los faccionalismos, que impiden que nos podamos imaginar como una comunidad nacional. La terca apuesta por el sí de don Jorge Basadre es su apuesta por la nación peruana, por una comunidad imaginada, donde prevalezcan la integración, la honestidad y el juego limpio. No hay otra manera de construir la nación, sino sanamente. La necesidad presente y futura de esta obra explica la perdurabilidad de Basadre.



POR UN DESARROLLO CON JUSTICIA

Margarita Giesecke

Es prácticamente imposible hacer un balance breve de toda la proyección y vigencia de la obra de Jorge Basadre. Sin embargo, quien tenga el deseo y la tenacidad de hacerlo, encontrará, para empezar, que en la política actual se continúa con la tradición de una enorme arrogancia e ignorancia del pasado. Quien crea que el proceso nacional actual es distinto al de su historia está equivocado, pues somos y cargamos con muchos temas no resueltos de nuestro pasado y que una y otra vez nos confrontan con viejos problemas como si fueran nuevos y con viejas soluciones vestidas de modernidad.

En esencia nuestro Estado está ligado a la fragilidad de nuestra economía, todavía fundamentalmente primario exportadora, la que sigue planteando un escenario y actores políticos sumamente vulnerables. En otras palabras, frágiles democracias para las que las oleadas modernizantes muchas veces no pasan de ser barnices relucientes sobre viejas maderas.


Pocas historias como las que nos entregó Jorge Basadre a lo largo de su fructífera vida han contenido en sus análisis y proyecciones un sentido tan clarividente. No estamos hablando del arte adivinatorio, sino de la capacidad de acercar la brecha entre pasado y futuro como resultado de una prolija investigación histórica. Jorge Basadre enfocó la historia como un proceso continuo en el tiempo. Ciertamente, el fenómeno histórico que lo comprometió más y que prácticamente definió toda su obra fue el de la historia política. Algo irónico, según él, ya que se trató de una práctica de la cual siempre discrepó o ante la cual fue siempre muy crítico. A pesar de ello, decía que el conocimiento de la historia política era el andamiaje indispensable sobre el cual se investigarían y escribirían las otras historias.


Es en torno a estas historias, política y social, que quisiera recordar la vigencia de la obra de Jorge Basadre.

Convencido de que el tema del poder es eterno, Basadre reunió, ordenó y dio vida a los papeles del Estado. A través del análisis certero de la política nacional, de los políticos y las instituciones públicas a lo largo del tiempo, Basadre nos enfrentó y nos enfrenta aún a por lo menos dos problemas medulares en la formación de la nación peruana. El Perú de 1879, nos dijo, tuvo dos fallas esenciales que nos explican el desastre de la guerra: el Estado empírico y el abismo social. En 1969 advirtió nuevamente que, si continuaban existiendo, podían llevarnos a nuevas catástrofes frente a las grandes pruebas del futuro.

Por mucho tiempo se malentendió empírico solamente como improvisado; pero la definición que él dio en su Historia de la República es mucho más comprehensiva, pues quiere decir: "el Estado inauténtico, frágil, corroído por impurezas y por anomalías... el Estado con un Presidente inestable, con elecciones a veces amañadas, con un Congreso de origen discutible y poco eficaz en su acción, con democracia falsa... Un Estado en el que no abundan las personas capaces y bien preparadas para la función que les corresponde" (JB, tomo VIII de la Historia de la República) Este Estado empírico reposaba, por añadidura, sobre un abismo social, pues se evidenció una total despreocupación en la época republicana por el problema indígena, lo que originó la ausencia de una mística nacional en este grupo humano. En conclusión de Basadre: "el peruano del siglo XIX no había tecnificado el aparato estatal ni había abordado el problema humano del Perú".

En 1978, en las anotaciones a su obra Perú: Problema y Posibilidad, escrita en 1931, nos recordó la relación estrecha entre el tema del desarrollo económico y la todavía urgente superación del Estado empírico y del abismo social sobre el cual éste reposaba. Para Basadre, "el desarrollo económico auténtico no sólo implica la ampliación de bienes y servicios, sino que queda definido mejor en términos que eleven los niveles de subsistencia, dignidad y libertad humanas y combatan la pobreza, el desempleo y la desigualdad". Más aún planteó la lucha contra el subdesarrollo como: "una planificación auténtica de tipo democrático, gradualista y experimental en el avance hacia el futuro con soluciones de corto, mediano y largo plazo que tiendan al aumento de la productividad y al alza del nivel de vida, defiendan al mismo tiempo derechos humanos esenciales y busquen, sin mengua de ellos, la justicia social."

En el año 2000 resulta complejo afirmar que el Estado peruano ha logrado superar su empirismo, el abismo social, la debilidad democrática y el subdesarrollo.

Por cierto, el abismo social ya no se presenta solamente como la marginación del indígena en los Andes, sino también como pobreza extendida de un alto porcentaje de peruanos, su real marginación del sistema educativo y su creciente dependencia cultural y cívica de los medios de comunicación. El "problema humano del Perú hacia la construcción de una mística nacional" sigue siendo una tarea pendiente en la construcción de nuestra historia.


El estudio de la historia social, en cambio, arroja un saldo positivo. En 1975 Basadre me escribió a Londres y en esa oportunidad sostuvo que el género de historiografía que Eric Hobsbawn cultivaba y propugnaba sería, sin duda, el que más atracción tendría en los tiempos venideros (consideraba que el libro Bandits de Hobsbawn era interesantísimo). En ese entonces ni se soñaba con la posibilidad de la existencia de la cátedra de historia social que hoy existe. Tampoco se habían publicado aún los importantes estudios con que ahora contamos sobre campesinos, obreros, minorías étnicas y seres anónimos trabajados en base a sus historias orales.


En realidad el puente entre la historia social y la historia de la sociedad estaba dado ya en la concepción histórica de Basadre y, aún cuando tuvo que privilegiar la historia política, lo social estuvo siempre presente en su obra. No sólo lo está en las páginas que dedica a las nuevas clases sociales y a las jornadas reivindicativas de obreros y campesinos, sino en toda su obra, y ello es fruto de su calidad de persona profundamente preocupada por la marcha de la sociedad en su conjunto.


Fuente: Revista Caretas. 30 de junio del 2000.

jueves, 19 de junio de 2014

Violencia política en la historia del Perú.

Ensañamiento popular contra los hermanos Gutiérrez, autores de la muerte del presidente José Balta (1872)

Discordia y violencia

Carmen Mc Evoy (Historiadora)
“El Perú se ha convertido en un campo de Agramante en el cual nadie se entiende”, escribió Simón Bolívar en vísperas de su arribo al Perú. A su llegada a la antigua capital virreinal, Bolívar encontró un proyecto militar en crisis y dos gobiernos enfrentados reclamando legitimidad. El venezolano aprovechó las rencillas que crispaban a la sociedad peruana para imponerse sobre una élite incapaz de esbozar un proyecto unificador. Porque si bien es innegable que las armas peruanas brillaron en Junín y Ayacucho y que ello fue posible debido al apoyo de cada villa, pueblo y provincia peruana, nuestra república temprana no se caracterizó por la cohesión y menos por la unidad. Fue la discordia la que dominó y aún domina la política peruana. 
La guerra de liberación que, a partir de la década de 1830, mutó en conflicto interno se valió de las balas pero también de otros métodos para destruir la vida y la honra del adversario político. El objetivo: conquistar un poder que, desde sus inicios, fue frágil y efímero. Cuenta Deán Valdivia que cuando le preguntó a Domingo Nieto si quería ser presidente del Perú, el futuro mariscal de Agua Santa le contestó: “¿Cómo cree que yo podría aspirar a la primera magistratura de la nación después de presenciar el maltrato contra el presidente La Mar? ¿Qué se puede esperar de un país en el que un hombre bueno y honesto fue calumniado y deportado a Costa Rica, donde murió de tristeza?”. 
Nieto entendió el riesgo de asumir el poder. Sin embargo, luchó por obtenerlo hasta el final de sus días. Prueba de ello es la frase lapidaria que pronunció durante la llamada anarquía (1834-1844). “Amigo –le escribió a Mariano Escobedo–, marcharé pronto a pelear y usted cuente que los facciosos colocarán su silla sobre nuestros cadáveres o los perseguiremos hasta encerrarlos en los infiernos. Esa raza debe exterminarse si queremos patria”.
La cultura de guerra modeló los usos y costumbres de los años de la prosperidad falaz. Ello ocurrió principalmente en el campo electoral. En las elecciones de 1845, en las que Ramón Castilla, heredero de Nieto, fue ratificado como presidente de la República, la plebe tomó el control de las ánforas. Según testimonios de la época, decenas de personas armadas con cuchillos y palos, gritaron y amenazaron a los electores “tapando el ánfora con sombreros llenos de votos”. El sucesor de Castilla, José Rufino Echenique, modeló la cultura electoral del Leviatán guanero. Investigaciones recientes han evidenciado el reclutamiento de bandidos con la finalidad de amedrentar a los opositores, especialmente a los vivanquistas, algunos de los cuales fueron apuñalados por negarse a vivar en favor de Echenique. 
El denominado “sicariato político” del que dan cuenta los sucesos ocurridos en Áncash tiene una larga historia que se remonta al siglo XIX. Crímenes como los perpetrados contra los presidentes José Balta y Manuel Pardo, y el liberal Juan Bustamante, a quien se le obligó a presenciar antes de su ejecución el ajusticiamiento de sus seguidores, muestran que la violencia yace en la entraña de nuestra historia republicana. El Perú –dijo alguna vez Jorge Basadre– es “dulce y cruel”. En estas últimas semanas la crueldad contra el adversario político se ha desatado. Es necesario tomar medidas inmediatas para detener esa práctica atávica.
Fuente: Diario El Comercio. 03 de abril del 2014.